por Jean-Claude BietteUn árbol centenario que no enseña a inclinarse
Hace al menos veinte años que se ha dejado de ver las películas de Godard –sean de cine o de televisión- como la ardiente inscripción de sentimientos reales para los actores, como la delegación jovial de sus primeras preguntas a una escuadra de personajes que vale la pena llevarlos a esta tela blanca que no pide más que servir de albergue en un cuadro negro donde las palabras se escriben directamente.
Nada es todavía definitivo puesto que no ha pasado tanto tiempo, uno de ellos –Alain Delon en Nouvelle vague- le ha interesado mucho más que a ningún otro en todos estos años recientes, para interpretar por el efecto de presencia obtenido por una estrella que no da de sí nada más que su flacidez a un cineasta del mismo arqueo (lo había hecho ya con Bertrand Blier en Notre histoire), donde sirve como prueba nueva y concluyente –trágica y existencial- de un personaje que Soigne ta droite había propuesto como una imparable formal neoketatoniana, retomando el del tío de Prénom Carmen, pero no había más que actores actores que recogía como personajes que se movían alrededor de él. En Nouvelle Vague Delon pierde su edad –la edad que tenía en otra época con Clément, Visconti, Antonioni y después Losey- para encontrarse repentinamente con Godard como un punzón elegíaco del cansancio testamentario que acaba con él, que por haberlo conocido todo y hecho todo, cree que es el último de su especie, y que ninguna persona alrededor suya es digna de recibir lo que todavía podría dar.
Otro desmentido más, proporcionado por la otra extremidad de las edades de la vida: la niña en la que Godard confía inaugurando sus silencios obstinando esta palabra ideal con la que soñaba para la televisión, y que no fue seguida en este momento por nadie, cuando France tour détour fue emitida en Antenne 2, a propósito de lo cual habría tenido razón entonces en insistir en el hecho memorable, después registrado y verificable, que era, en este Godard, una invención de la televisión, verdaderamente solo contra todos. ¿No sería esto más que bebés y dinosaurios pertenecientes a una edad que no responde a la retórica binaria de los medios y que, partiendo precisamente de este rechazo categórico de su trabajo sobre la realidad bruta y directa de la televisión, Godard habría así poco a poco rumiado una reparación más retorcida de lo que podría en un futuro confiar al cine de un lado, y a la televisión del otro?
Ya con el corte de 1968, que se producía en un cierto número de países a lo largo del mundo- corte que había filmado un año antes en La Chinoise-, el cine de Godard, según un calendario de nuevas pasiones que siempre lo mantuvieran vivo en el presente –es decir, en la perfección anticipada de la acción (la figura de Malraux está siempre más o menos presente en él-) va a cambiar su forma de unidad que sostenía la primera parte de su obra: la de la secuencia. Es en adelante cada vez más el plano lo que tomará como unidad de medida, que va a regular, hasta cumplirlo en su autonomía, la forma particular de cada instante – y para ello no es preciso más que contemos- nosotros, espectadores o habituales de los medios –nos reunimos todavía con el viejo dicho, según el cual el cine sería la verdad veinticuatro veces por segundo, para acoger aquello que las películas quieren decir a partir de ahora, aunque sea famoso- es un hit-parade de las citas extraídas del «Portable-Godard» de cada uno -«veinticuatro veces por segundo» no tiene ningún sentido en esta época de la obra de aquel que abandona el flujo de la secuencia donde actores y personajes circulaban bien, dirigidos aplastadamente, curvas y huecos del sentido por generosas facetas sucesivas, y reunidos por la creencia en un relato, fragmentario quizá pero que avanza en la imagen del encadenamiento entrecortado de sobresaltos de la vida.
En adelante, convirtiéndose en el único maestro de la forma local de cada instante, el plano –en nombre de su autoridad encontrada y afirmada de principio formal autónomo que tenía en la edad del mudo y con los rusos- va a acompañarle a su alrededor –los otros planos- y someter de nuevo los otros valores que eran prohibidos no solamente para ser exteriorizados sino para tener prioridad sobre él (actores, personajes, peticiones presentes de una historia que contar, etc.) en su ley soberana e inflexible que consiste principalmente en regular, sin tener que rendir cuentas más allá de sí mismo, el orden de presencia de todos esos valores que se tomaban un poco cómodamente en la época del modo de la secuencia: aquí, por ejemplo, puede ser la luz y el encuadre el que, no teniendo nada que responder a las peticiones de atmósfera o de unidad del relato, ven afloradas su autonomía; en otra parte, los gestos (digo gestos para decir también rostros, miradas, posiciones del cuerpo) de los actores no son ya las características singulares de los actores cuyo cuerpo sería un todo relacionado con el mundo que le envía, sino gestos que Godard mira y dirige no en el sentido de sus particularismos, sino por esta capacidad casi abstracta que tienen para contradecir o respaldar –dinámicamente- los gestos del vecino (el vecino no era nunca humano, sino el plano que era preciso inscribir en diálogo): la ley del filme era a partir de entonces siempre murmurar: «¡Pásala a tu vecino!».
Lo que retoma perfectamente la utopía colectiva de Godard está azuzado a reconstituirse a través de ciertas películas –utopía por la cual a agotado todas las baterías políticas de las que disponía- cada vez que un movimiento eruptivo enviaba lejos en e mundo sus primeros fuegos, su capacidad de captación preclusiva le permitía encontrar para algunas de estas batallas circunstanciales y lejanas un verdadero centro de gravedad, tal y como que testimoniara todavía hoy en este registro La Chinoise e Ici et ailleurs, donde el cine había sabido ponerse en estado de alerta lúdico en el corazón de la retórica que le hacía carburar, sin jamás tener que desenganchar las articulaciones necesarias para la buena marcha de un discurso abierto. Eso tiene lugar, en las películas de Godard, entre los rusos y Bresson. Bresson, al que los Straub han sobrepasado dialécticamente, para ir a posar los oídos en otras tierras, para escuchar directamente la historia de los suelos, Godard se lo guarda como hermano mayor con el cual le enlazan sólidas afinidades: gusto por la pintura, odio al teatro (Godard es el único de los cineastas de la generación de los Cahiers jóvenes que nunca se ha aproximado al teatro, contrariamente a Chabrol, Rivette, Rohmer y Traffaut).
Si el plano impone su ley en una especie de animación hasta desestabilizar el conjunto del filme, cada filme está entonces fundado sobre un tema, elegido no por su capacidad de librar una expresión directa, tan fragmentariamente como sea visitada –casi todo fue dicho entre 1959 y 1967-, sino de lo que permite como latitud de juego en el interior de la película a construir, gracias a lo cual la dinámica de los planos podrá operar lo más libremente posible sin tener que rendir cuentas, y si el sujeto elegido toma el camino algún motivo más secreto de conocerse, lo que revela entonces una verdadera inspiración feliz que se produce en el tiempo de otro (Numéro deux, sobre el video y la manipulación de imágenes en el tiempo de un plano, Passion, sobre la pintura, o aún Nouvelle Vague, sobre el dinero –estos dos últimos temas, cercanos a Bresson), entonces el programa organizacional de los planos se abre, se desplaza, respira y habla. Cuando el programa inflexiblemente lúdico de los planos no está atravesado por un motivo de tal forma secreto, entonces la fuerza de la verdad no es inmediatamente medible por aquel que es capaz de expresarla, mientras que el tema queda apagado y secundario con respecto a lo que se nos ha pedido saborear, y que no es resultante de ninguna inquietud particular. De todas formas cada una de sus películas esconde un principio de producción de planos que no pertenece más que a cada una de ellas, y que sería difícilmente transportable a otra.
Es a propósito del sonido también lo que Godard comparte con la concepción de Bresson según la cual ruidos, diálogo y música tienen que funcionar como contrapunto, y como los Straub, piensa que el cine no puede desarrollarse más que golpeando un camino en medio de un conocimiento de la técnica que permita volver a lo esencial, y entonces disponer a su grado, es decir, controlar bien cada punto de aplicación. Pero en este punto del camino se separan: Godard exige para sí mismo y para sus películas conocimiento y poder de toda la técnica, en lo cual se afirma esta relación con el presente por lo que tiene, aparentemente, de girarse más hacia el futuro; los Straub se contenta con una materia excelente pero simplemente ordinaria, y de ese modo conocen los recursos mejores que ningún otro cineasta europeo, aunque no utilicen nada más que buenos y fuertes revestimientos de uso.
Godard ha elegido desde hace mucho tiempo la estereofonía, y el sonido Dolly, que se consideran más impresionante a la hora de dar cuenta de cada ola de música, la primera por restitución supuesta del relieve sonoro (pero si escuchamos lo que es dicho y lo que es interpretado en una película en stereo, ¿la vida igualmente por lo tanto jamás se ha escuchado como una partida en stereo?), la segunda por pretendida limpieza de ruidos que parasitarían la pureza de una banda concebida para ser inmaculada. Si la invención de la estereofonía provocó al comienzo de los años 30 bajo tal impulsión gracias a Leopoldo Stokowski en Estados Unidos, lo hizo a título personal, como una especie de locura pedagógica que debía permitir, en ciertos casos, una mayor legibilidad auditiva de ciertas músicas (como los Gurre-Lieder de Schoenberg, que osan, entonces, ser los primeros, registrarlos), pero esta invención no tentará a la industria norteamericana. La industria nazi alemana, que iba a realizar la primera transmisión de televisión (los Juegos Olímpicos de 1936) para unificar espectáculo y propaganda, iba a fabricar, la primera, a una escala comercial anticipatoria a del hundimiento del III Reich puesto en un término, los primeros discos estereofónicos (de 78 vueltas) con los intérpretes preferidos del régimen: Walter Gieseking (para el Concerto «L´Empereur») t Herbert von Karajan (para el último movimiento de la 8ª Sinfonía de Brickner, querida por Hitler).
Es interesante apuntar que es en adelante un cineasta «heroico» en el cual los alemanas confiaban una simbolización de una adoración de la técnica como emblema de su poder: preciosa era la transgresión que aportaba a los valores viriles del trabajo la energía excepcional de un hombre que era una mujer. Perdiendo a Fritz Lang, ganaban con Leni Riefenstahl, largamente el cambio: esa exaltación de la voluntad, esa dominación de las técnicas audiovisuales sin otro estado del alma que un vago fluir azulado, ese gusto por la hazaña deportiva que se apropia el mundo como si la humanidad no fuera más que una serie intercambiable de cuerpos blancos (que ha trocado en adelante en función de los cuerpos negros –los Noubas- no cambiando nada en el asunto: nos quedamos en el registro de la pureza, que no admite la mezcla, y en una especie de Grecia invertida que no concede el olvido) a desarrollar, dar lustre, conservar, como por una disposición de los engranajes, y como si ese mundo no fuera más que un inmenso estadio ininterrumpido, hecho de montañas que escalar, entendidas como llanuras para ganar velocidad, de océanos que sondear. El equivalente de la bandera plantada sobre una colina para hacer la foto histórica, será (la técnica es a veces tributaria de lentitudes administrativas), más tarde, en la era del todo mediático- hoy-, Leni Riefenstahl, todavía, filmada todavía a tú y a ti, con una raya más grande que ella o bien un tiburón.
Esta lucha encarnizada contra los estragos del tiempo sobre su propio cuerpo, que proporciona una envoltura exterior a la voluntad de tomar de la mano a los medios susceptibles de fabricar y de reproducir indefinidamente espectáculo, provoca también –y de manera menos sistemática que en Leni Riefenstahl, poco sensible a la noción de programa a largo término (que hubiera limitado una visibilidad, ciertamente voraz, pero no conquistable) –el futuro de Karajan es el de tener éxito, sin nunca dejar superponer la naturaleza de lo que ponía en obra, de construir un punto sólido entre la ideología nazi que se hundía y la naciente sociedad de consumo en la que estamos obligados a vivir hoy en día en sus desarrollos multimediáticos. Karajan, que fue el primero en conquistar sistemáticamente las grandes orquestas europeas (Viena, Londres, Berlín), fue también el primero en volver a registrar la mayor parte de su repertorio con cada nuevo progreso técnico susceptible de alimentar un nuevo mercado. Y el primero en música en imponer su nombre como una marca de producto competitivo y a asociarlo a él, siempre, con la imagen con la que va: la de un hombre eternamente joven cuya cabellera, solamente, tenía el derecho y la función de significar un envejecimiento imperceptible de leyenda. Anticipando en Europa –y por mucho tiempo- la valorización del nombre de autor en el cine, que se producirá como una recaída tardía en la política de la Nouvelle Vague, con un sentido de la organización y del trabajo donde jamás aparecía la duda –puesto que toda dificultad encontrada era en cada ocasión soñada para proceder a una puesta en imagen sonora radiante, destinada a tomar lugar tan pronto en esta vasta teatralización irresistible del mundo alrededor de la música, que había puesto el punto (y no era sorprendente que Clouzot le hubiera filmado dirigiendo como un gran oficial delante de la batalla, escapado de la sombra amenazante del Corbeau o de Quai des Orfèvres), Karajan fue durante meses el profeta de los multimedias así como el propagador ejemplar de un programa que los nazis tenían, por la confianza en el tiempo que habían previsto para llevarlo a cabo, establecido progresivamente, y cuya caída del III Reich debía hacerles perder una buena parte de beneficios. Un cierto sentimiento de eternidad –es decir de una duración, fuera la que fuera, que excede el tiempo pleno de una vida humana- parecía haber sido bien fuertemente anclado en el espíritu de los austriacos, por haber sido claramente expresada, al día siguiente de la primera Guerra Mundial perdida, al menos, para tomar los ejemplos menos inconciliables, por Hitler por Schoenberg, que ostentaban poder, uno por mil años, el otro por cien años, el de fundar la supremacía de Alemanía (y Karajan, también era austriaco). Este sueño de la supremacía de la música alemana (expresado por Schoenberg), para tomar esto en cuenta, ha sido interesante en lo que respecta a lo que ha aportado implícitamente, como todo sueño de reinar de la forma que sea, en minoría tomando el espíritu de los otros (desde el futurismos, hasta el situacionismo, sin olvidar el actual poder calmado del postmodernismo), sobre un chantaje tácito consistente en culpabilizar a su vecino, al otro, sobre la base de que debía renunciar a su percepción, no siempre por lo tanto muy asegurada, de la realidad, para comenzar a creer repentinamente en la verdad de un principio único, así como de improvisto, caracterizarse por presentarse a la vez como padre de las cosas y como última verdad, pero una verdad última que no terminaría de prolongar su sueño de durar eternamente, por no querer saber nada de la ley informulable del Tiempo, que no exige su contante de maestría, como la primera verdad venida última. Música serial y música alemana son cumplidas en una duración relativa que no confirma ni informa su grandeza; se franquea con las circunstancias. Y Schoenberg, él mismo, ha transpuesto la crítica de su posición mesiánica componiendo, texto y música, de la ópera de la palabra que falta, Moses und Aron, obra del inacabamiento, que, de no haber existido, le habría faltado al siglo XX. Es lógico que Jean-Marie Straub y Danièle Huillet, tan teórico como Schoenberg, exploren la lógica de esta obra para llevar al corazón del cine esta dualidad insoluble y fértil entre un principio fundador y la indiscernible realidad, que toda una vida no puede resolver pero puede esperar serenamente regulando el tiempo mismo en la que se declina.
Puede que no sea la peor cosa que pueda llegar a un creador que produce mucho como para encontrarse, un bello día, como el padre de las cosas. Eso es lo que puede desecar y Schoenberg y Stravinski; en esos malditos años treinta, donde todo se acartonaba de academicismo y de miedo a lo nuevo- puesto que todo el mundo daba media vuelta y componía en esa época un concierto de violín, y casi todos los actores en todos los países, animados por el sonoro y sus pesados micrófonos, declamaban a lo que era lo mejor de lo mejor –como hoy: mala época para el despertar crítico. Reproducción sin ganas de risa de lo que ya se hizo, para ahorrar tener que admitir que a veces hay un pensamiento vivo en esos objetos de simulacros que son al menos las películas.
Es en ese clima donde se maleficia JLG/JLG, que no es el autorretrato que se anuncia, sino el buen trabajo sin júbilo de corazón de un mes de diciembre. Nada en esta película nos dice algo nuevo acerca de su autor que reafirma un intacto e intocable saber hacer planos («¡Pásala a tu vecino!», declina en tres ocasiones como letanía). Igualmente los planos de paisajes son mudos como carpas centenarias, pero, fishing for compliments, quedan al menos en un rincón abandonado de la memoria, como esas viejas placas de cristal en relieve que sugerían justamente una vibración de naturaleza a la vez. Unica cuestión no formulada pero que la película provoca: ¿cómo responder a la televisión, que devora todo para escupirlo en irreal, universo de cine tal como «vivir en Sarajevo» (de la manera en la que lo plantea ejemplarmente, en Sarajevo Film Festival Film, Johan van der Keuken)?
El autorretrato de Godard está en otra parte, está en Histoire(s) du cinéma: en esas películas de machacamiento inventivo, donde da la prueba que lo ama como Historia, como puras historias, como afluente de la Historia, como depósito de formas, y que después de todo lo que ha hecho, tiene todo el derecho de retirarse por un tiempo para visitarla en sus fondos y en sus llanuras. Poco importa que eso me afecte personalmente o no, cuando siento que envía verdaderos signos desde un territorio que no parece tener exclusión, que no obliga tampoco a entrar, que tiene la virtud atractiva de funciona ejemplarmente, y no en la suma de cumbres. En resumen, la ley del plano tiene todavía algo que hacer, sin tener la necesidad de recurrir a la virtuosidad desencantada de este saber hacer planos hasta el infinito, que es el único por lo tanto en saber hacer y que comienza ahora a amueblar sus películas de cine, mientras que, por una clara evidencia, con Allemagne neuf zéro, con 2x50 ans de cinéma français encontramos esta relación que instituye hoy Jean-Luc Godard.
Llega un tiempo –la edad no tiene nada que ver con el asunto- donde el saber hacer demasiado exige el momento de aprender a deshacer. Welles en Ciudadano Kane hizo todo al nivel del saber hacer, y se puso a deshacer desde los Amberson y hasta sus últimas películas, mientras que todos miran el tren eléctrico del cine como un bello recuerdo de su infancia. Fritz Lang esperó a Fury para ponerse a ello.
Y para responder a la oposición provocadora de Manny Farber, la que dimos a leer en el número 10 de nuestra revista, si JLG/JLG es un perfecto ejemplo de película «elefante blanco», 2x50 ans es un ejemplo no menos perfecto de filme «termita». Pero las cosas –de las que Godard es el padre- no son tan fácilmente divisibles y ordenables hasta el punto de que a partir de entonces no plantearan preguntas.
Si nos atenemos al conjunto de ideas de la pequeña ficción confiada a Michel Piccoli, y en los personajes que gravitan en el hotel alrededor de él, respondiendo a la inquietud de recordar que se trata de actores y actrices del cine francés, y a fortiriori de críticos, pensadores y cineastas, nada de eso constituiría una gran o grave realidad (salvo la observación que podemos hacer con vergüenza: que es la explotación lo que uno celebra en el centenario del cine), si no se adjuntaba alguna otra fuerte operación misteriosa. Este tema de la memoria, que Godard expone como haciéndolo objeto de una especie de catástrofe planetaria- sobre el planeta Cine- condenaría a todo el mundo al olvido de todos, tiene por representantes principales los empleados del hotel. Lo que es todavía poco para inquietar, mientras que nos ponemos manos a la obra, a conocer también la ignorancia, que el olvido de los grandes nombres. Tanto como que podemos replicarle, a esta tesis derrotista, que memoria y olvido no se dan ni se retiran con esta bella regularidad d actores que aquí los declinan.
Ahora bien aquellos que tienen el aire de la sombra de un campanario en la tesis suelen ser la condición y hasta la garantía de autenticidad sentimental de su exposición. En efecto, a la inversa de JLG/JLG, cada plano de esta pequeña película queda enganchado a la memoria, puesto que no se trata de saber hacer, sino del sentimiento que acompaña a Godard cuando cree al mismo tiempo en el trabajo de la luz y del encuadre que es necesario todavía inventar cuando filmamos en video, y en el juego de la primera vez en la que aquello representa no tener que responder a un relato de derecho divino compartido con actores a los que vemos obligados a realizar algo que tenga que ver más cerca o más lejos con los personajes. El sentimiento ve más lejos que el razonamiento o que la sabiduría: ilumina la contradicción. La larga secuencia de interrogatorio irónico por Godard de Piccoli, en tanto que Presidente del Primer Siglo de Cine, pone en circulación, quizá no habiéndolo pensando en el propio día de rodaje, por una secreta operación de sentimientos, la afección que liga al cineasta con su actor desde Le Mépris, modifica el tono dulcemente reprochador de Godard, en tacto que actor en el plano, no puede impedir tomarlo: el dispositivo de los planos, mientras que es de tal fuerza, con esa joven rubia al fondo que parece impacientarse por cualquier otra cosa, como por el cineasta, de ser también dividido por su dispositivo mismo entre rigor de principio y sentimiento de hecho, se revela repentinamente más generoso que su simple pulsión localizable. Es entonces el cine, en su capacidad simultánea de extraer y de condensar la vida y el sentido, lo cual se pone a revelar Piccoli no de otro modo que en el hecho de actuar o simplemente como aquel que lleva agua al molino de las ideas que está obligado hacer girar, que invade, poco a poco, de forma irresistible, la película, y que, más allá del lado contestable, y no tanto como hechicero para deshacer, ideas expuestas, comunica a los planos una respiración tan tangible que quedan liberados de la vana preocupación de funcionar bien los unos con los otros, como lo querría esta inflexible ley de autonomía del plano a la cual, felizmente, desde hace bastante tiempo, Godard desobedece.
Es la fuerzadel cine que vuelve la que dice aquí sin decirlo que el soporte importa poco, que la proyección sobre una pantalla no es el vehículo exclusivo de la emoción cinematográfica, que los actores no son simples mensajeros dramáticos (o pequeñas máquinas de apoyo como ese otro «elefante blanco», que es Puissance de la parole), que los cineastas pueden en el fulgor de la discusión invertir palabras, que es el error el que es bello y que forma el sentido de la verdad («Ha habido oficinas en Méliès, New York»). Lo inaudito de esta película es que pasa su tiempo explorando la ausencia de la memoria que afectaría a los actores del cine francés, camuflando el hecho de que el actor que está ahí, de cara a la nada, como simple guía de un aspecto particular de la Historia del cine, dibuja, dando trazos documentales aparentemente tramposos el más bello de los retratos. En esta película que cita a Edgar Allan Poe, Piccoli, al que oímos evocar Le Corbeau (cuyo grito podría también escribirse como Never Mort) es de hecho la encarnación no intencionada y acompañada de La leerte volée. Y puesto que el cine pilla aquí a Godard sobre sus teorías tácitas y sobre sus ideas expresadas, es también su desconfianza por los personajes que encuentra felizmente tramposos: 2x50 ans es uno de sus extraños filmes-desde King Lear y Nouvelle Vague- donde los actores, puesto que tienen el tiempo y el espacio para existir como personajes, existen al fin como actores en el camino impersonal de la memoria.
Las verdaderas bellas películas de Godard son las que podrían llevar bien alto el título de una película de John Berry, que cuando era un joven crítico le gustaba mucho: Sentimentalement vôtre. Las otras pertenecen a un vasto terreno bien lleno de importancia, que todo el mundo sabe visitar a la carrera. De ahí ese deseo que conduce a lo amateur impenitente o rebelde de evitar las grandes idas remarcadas por el terreno, y a encontrar solamente en la Historia del cine el sendero que pasa por los sueños.
Las rosas de la paramnesia
Es en la segunda parte de una tarde Trafic organizada con Dominique Box y el Magic Cinema en Bobigny, cuando hemos podido ver, proyectada en pantalla, Li per li, película en blanco y negro de Pierre Léon, filmada en video Hi-8, que lleva por título «comedia fantástica crítica» (la primera parte de esta tarde se había consagrado a la película de Riboulet, Après la guerre (Trafic nº13) que ya habíamos podido ver, hace algunos meses, en el marco de «Teatro y cine», siempre en el Magic Cinema).
Tres personajes llegan separadamente a los alrededores de una casa en pleno campo, obligados por un hombre austero al que llaman Capitán, mientras que otro pelea y tala verduras y limpia el suelo con una manía inquietante. ¿Se trata de un remake casero hecho en casa o ready-made de Espions de Clouzot? Ni lo uno ni lo otro. Cada uno de ellos en su medio de locomoción, uno, el primer aparecido, llega en coche, el segundo en moto, el tercero a pié, pero llegan a la casa en el orden inverso que esperamos de cada medio de transporte. Es entonces el coche el que llega en último lugar. El sentimiento de un viaje está bien transmitido. Cada uno tiene un mapa para encontrar su camino, y cada uno obedece a un ritual de presentación que consiste, más que en una palabra, en una palabra clave, en verso, extraída de un soneto de Louise Labé (única mujer del dispositivo), al cual responde con otros versos el Capitán. Pero si la poesía permite el acceso a esta casa, no es como prólogo a una estancia de vacaciones culturales, sino porque esta orden está dada a cada uno- un orden que sentimos perfectamente indiscutible- de encontrarse, después de un largo viaje no importa por qué parte del mundo, para la última misión, que consiste en esperar una ejecución general –una especie de fusilamiento- del cual o sabemos ni el día ni la hora, solo que está próximo. Esperando, decimos –hay espera, y de hecho, esa es la virtud- se vive de la mejor forma posible, cada uno a la medida de sus posibilidades, y de su carácter, en este extraño asilo donde la cuestión fundamental es claramente saber llevar la guerra con los cinco sentidos.
La primera parte de la película –la cual dura en total sesenta y un minutos- está consagrada a la exposición de la historia, a la evocación de algunos elementos reveladores de las relaciones anteriores que enlazaban a los cinco personajes que se encuentran, como una especie de cofradía de espías de una misma generación que recordaría de lejos el recuerdo de los estetas ingleses, tales como Blunt y sus amigos, y que, como ellos, conservarían, en estas últimas relaciones, una distancia pulida, afectuosa, con una ausencia de complacencia casi inhumana.
La segunda parte está consagrada a las ocupaciones de la vida de cada día que queda y se traduce en secuencias donde los personajes –lo más a menudo de dos en dos- se contentan con saborear cada segundo: así desciframos una canción rusa, evocamos una receta de cocina suntuosa, buscamos reconocer el soneto de la contraseña, fabricamos espejos por el puro placer de fabricarlos, cantamos, bailamos, e interpretamos la comedia. Y casi siempre, uno de los personajes ayuda y sostiene al otro en lo que hace. El día de la ejecución llega y se patenta en cada uno de ellos a través de un gesto irrisorio que significa el escape del aliento vital que se producirá fuera de campo.
La gravedad constante de la película, que forma un cuento iniciático más directo e implacable que Orfeo de Cocteau, nos hace guardar en la memoria la construcción numérica fúnebre de Saló, pero la idea de cine que la atraviesa no pertenece más que a él. Nada de experimental en esta película hecha en video donde la interpretación de los actores afirma una tensión expresiva que nunca saca provecho del sentimiento de angustia sin duda en el origen de la película. La libertad del clima que nace –ninguno guarda cuentas con el mundo exterior- le impide recargar de autocensura al relato doméstico, y a los personajes a gritar. El relato es simplemente expuesto en las articulaciones más fácilmente representables por rituales, después en desarrollos yuxtapuestos los unos después de los otros, que se unen por contraste y complementariedades, sin efectos y sin causas productoras de efectos, y concluye en la lógica estricta de lo que ha sido expuesto al comienzo, ni más ni menos. En cuanto a los personajes, son rápidamente liberados como presentes, afín de dejar más lugar a los actores, donde cada instante de expresión tiene más carga de contribuir a presentar la vida humana, vivida sin florituras, sin coartadas, impersonal, como encarnación ejemplar de este breve tiempo que disponía Sócrates (es también el nombre de uno de los cinco recluidos) entre el momento en el que bebe la cicuta y aquel en el que comienza a sentir los efectos. Les queda algo en la memoria también como personajes, pero la película no se sirve de ello para ponerlo en relieve o valor.
Son las escenas, aparentemente ligeras, de la segunda parte, las que vuelven la película dialéctica y la reenvían a la luz cruda de la vida plena- como un Renoir amenazado o un Pialat condescendiente-, cuando uno de ellos canta su canción rusa, cuando tres personajes, de cara a nosotros en la zona soleada rodeada de sombras en la pradera, bailando mientras que Sócrates, sentado en unos metros, canta con los ojos cerrados- planos de una gran objetividad de poesía- o aún cuando dos de los otros- entre ellos el austero Capitán- juegan al dueño y al cliente, la ligereza y la diversión aumentan poco a poco el acercamiento a la ejecución.
Lo ligero tiembla los planos fijos y cada panorámica recuerda que cada acción mostrada, que podría provenir de una ocupación profesional o de una profesión específica (captar mensajes, testar las contraseñas, fabricar espejos, preparar un plato, convocar una reunión informativa, enseñar la dicción, hacer la limpieza, etc), es proyectada bajo el ángulo de una soberana ociosidad que, puesto que precede de poco y es consciente de la interrupción de la vida del que la lleva a cabo, rectamente, más que una actividad lucrativa que no tenga tiempo que perder (es decir, ningún tiempo en sí misma), apropiarse plenamente del tiempo que le queda y someter las coordenadas espaciales. Es también porque una voz registrada e interior puede ser el sonido de un plano de un coche que avanza, sin que ello sea atribuible a una figura de retórica: la película no la contiene. Y cuando un plano, como el que llega repentinamente, rechaza la fijeza, y no el espacio que es está como calmado por esta limpieza del corte que deja al encuadre, por esta fluctuación concertada, la liberad de respirar está ahí con Pasolini, pero sin presión de tiempo).
La película concluye su recorrido páranmesico, consistiendo en captar también en los gestos y las palabras la ambigüedad que los forma, y al mismo tiempo, suceder y desaparecer, por una canción italiana, Li per li, himno de lo instantáneo que nos reenvía hacia lo humano en la medida en que esto no se repara. En la tarde de proyección, sobre esa gran pantalla, cuando Helmock recolecta las rosas con unas tijeras de podar, una nube de color que parecía haber escapado al control del proyector vino extrañamente a colorear precisamente las flores filmadas en blanco y negro. Suerte de prueba de nuevo de que, efectivamente, Li per li es una comedia fantástica crítica.
Méliès nos deja también un hilo para retorcer
Tim Burton en sus películas no se interesa manifiestamente por esta capacidad que toda ficción puede contener de sus últimos planos documentales. Es lo que se confirma con Ed Wood, que traza un retrato cronológico de la carrera de este cineasta y de su combate singular para llegar a producir películas que realiza a toda velocidad, y sin la menor preocupación de perfección, como un rocambolesco curso de obstáculos. Este hombre parece haber sido sostenido por muchas cosas: una confianza total en sí mismo así como en el deseo de un puñado de incondiciones de estar con él en cada filme; una admiración incansable por Bela Lugosi, que le recuerda a la vida del cine; y la inocencia indesmallable con la que tiene seguramente sus gustos sexuales. Es esto lo que, en la película de Tim Burton al menos, queda de él –Ed Wood-, el cual ha vivido en Hollywood para realizar un cierto número de películas: que no han tenido éxito, que probablemente nadie admira, y que no parecen haber dado lugar a un culto (pero como se dice en Ed Wood: el cine tiene todavía el futuro por delante). Parece también que los gustos sexuales de Ed Wood han sido claramente más variados y devastadores que los que son evocados, pero Tim Burton no ha retenido más que la necesidad imperiosa de hacerle llevar ropa de mujer, lo cual el personaje explica como un deseo claro de acercamiento por reflejo del cuerpo femenino.
En la apertura, con sus créditos brillantes y alegremente góticos, Ed Wood, la película, elige su terreno: el de los actores a pleno empleo, el del maquillaje, el del trazo grueso, de la composición de personajes múltiples siempre deudores del exterior; el estudio con la panoplia de luces poderosas; la música que da un aire de fiesta a la existencia, que se ha formado en la descendencia de Méliès.
La elección del blanco y negro para evocar una época en la que el cine de producción común –al cual sueña con acceder Ed Wood, y no menos- se hacía en blanco y negro es fácilmente aceptable, tanto que nos ahorra todo equilibrio de reconstitución, que el color no pararía de crear y que nos distraería. Tim Burton puede entonces contar aquello que tiene necesidad de contar, que no se limita entonces a un débil ambición banalmente espectacular. En adelante, esta restricción del campo sexual al travestimos no está ahí más que como señal, que la película plantea como una historia de transformación maravillosa de la realidad en sueño de la realidad, y la singularidad sexual que ha sido retenida –puesto que es la más vistosa del exterior- tiene igualmente una vocación de retorno vivificante a las fuentes de la energía –como retirada, retorno a uno mismo, reparo (como en la secuencia donde, de mujer, gana terreno a los sacerdotes). El tema del filme no está exactamente ahí, sino en la pasión que anima a Ed Wood y el emprender comprometido para realizar su sueño, como si nadie tuviera jamás el poder de castigarlo: ni los rechazos, ni los fracasos, ni los errores, ni los desprecios, nada, si no es una cosa, la muerte de Bela Lugosi, que hiere el corazón mismo de este sueño. El actor, Johnny Depp, tiene para representar a Ed Wood todas las libertades expresivas posibles, con la única condición, expresamente sobrentendida, de no pasar por la psicología y el realismo, ninguna cosa que el actor esté obligado a interiorizar y entonces hacerlo participar de un compromiso con su representación estrictamente exteriorizado (en eso Burton está cerca de Fellini)no pudiéndole servir en ningún momento de cautela o de modelo.
Igualmente, Martin Landau, encargado de representar a Bela Lugosi, se ve, por la película, liberado del temor de una confrontación en campo-contracampo, entre lo que hace y lo que ha hecho Bela Lugosi en el fragmento de la película original, puesto que toda confrontación tuvo lugar con total franqueza y rectitud como una situación de base que no tiene nada que esconder, que reesfuerza de hecho la una con la otra, cada uno, en su singularidad de actor: por la exaltación de lo que no puede empalmarse.
La evocación de la torpeza apasionada de Ed Wood tenía sin ninguna duda la necesidad de este desplazamiento ilimitado de un espacio encargado de representarnos el mundo hasta entonces inmenso del cine, para que el espectador de la película de Burton pudiese sentir, gracias al entusiasmo que el autor del filme transmite con su recreación, toda la distancia que debe haber entre el sueño de Ed Wood y el derroche de hallazgos, casi grotesco, con el cual la realidad parece constantemente haberse desplazado de los obstáculos bajo sus pasos.
La comedia fantástica inagotable de Ed Wood se prolonga en la puesta en equivalencia entre los monstruos –que son, en la misma perspectiva condescendiente y ecuánime con la que Tod Browning filmaba a sus cómicos solitarios, todos los personajes de la película- y los amateurs, perdidos en el mundo adulto de los profesionales: amateurs aquí igualmente desfasados, tanto que no se dan cuenta de que forman parte, y que los profesionales que parecen despreciarles no se dan cuenta que el amateurismo de los otros es una melancolía que quema desde el interior.
A lo largo de toda esta película que no traba ni conflictualiza nada, Ed Wood encuentra que la eternidad no le ha cambiado, aunque sus películas sean, tal y como solemos decir en los medios, las peores del cine americano siendo capaces de ser ignoradas para siempre, lo cual es la fuerza imaginativa de la película de Tim Burton, en ese cuestionamiento, por la pasión precisamente con la que representa a Ed Wood sin jamás parecer que se pone en posición de defenderlo, el sistema jerárquico que afecta hoy en día por completo a todo el entorno profesional, de las películas y los héroes, evitando todo juicio –bien que no dejamos de creer en la leyenda que la película trata de reconstruir, no se abre del lado, digamos, de Edgar G. Ulmer, del modo que se arriesgaría a peder su singularidad romántica y de bascular en esta falsa oposición del Artista contra la Cultura-. Tim Burton hace de Ed Wood un arquetipo de la absoluta pasión desinteresada por hacer películas, capaz de ceder terreno si es necesario, para cumplir, como hace un día al elegir entre la imagen y el sonido; el mismo día donde puede volver a dar esperanzas a Lugosi que no interpreta más filmándole, simplemente saliendo con él, y tratando de hacer el suyo un día mejor. Una pasión tan grande que es en la intimidad casi concreta, vestido de mujer todavía, donde Ed Wood decide en un bar acercarse a Orson Welles al que admira fuertemente- menos por haber directamente apreciado sus películas como porque lo ve en un cielo lejano, como un gran extraviado de su tipo, justamente con un poco más de suerte.
Y haciéndonos acercarnos a lo que tiene de menos impersonal en la pasión de la vida de un individuo, Burton sobrentiende menos la pregunta del arte y del reconocimiento social, la cual la desvía hasta no significar nada –lo que era cierto en Hollywood en la época descrita por la película-, mientras que hoy, cuando parece significar tanto y prestarse a tantas generalizaciones autoritaristas en cualquier punto del globo, en el encantamiento se evita ser el peor cineasta del mundo (nos estremecemos al pensar quién es el mejor), una especie de exuberación tácita dirigida al espectador, para el que va a interpretar menos rápido.
Con esta idea, no de que las malas películas podrían dejar de ser repentinamente malas, sino de que hay alguna cosa bellamente universal en el cine: su poder de invitar dulcemente a toda la existencia de un individuo, esté dotado o no, por hacerlo. Ed Wood tiene también este tacto de dar parte de la excepción al cine de los hermanos Lumière, cuando la soledad de Lugosi encuentra su mayor intensidad en el momento en el que no realiza más que acciones cotidianas como la de respirar una rosa, como le pide Ed Wood, como cineasta amateur.
El cine está bien bajo este tren fantasma que se detiene de improvisto, deja a sus pasajeros, a solas, se toma el tiempo de hablar con toda confianza, y parte sin explicación otra vez hacia nuevas aventuras.
Trafic, nº 15