terça-feira, 10 de janeiro de 2012



¿Quién conoce a Degas? Decir que nadie, sería una exageración; sólo unos pocos. Quiero decir, conocerlo bien. Es un desconocido, incluso de nombre, para los millones de lectores de los diarios. Sólo los pintores admiran a Degas, muchos porque le temen, el resto porque les inspira respeto. ¿Lo comprenden realmente?

Degas nació... no sé cuando, pero fue hace tanto tiempo que él es tan viejo como Matusalén. Digo Matusalén porque supongo que Matusalén a los cien años debe de haber sido como un hombre de treinta años en la actualidad. En realidad Degas es siempre joven.

Respeta a Ingres, lo que significa que se respeta a sí mismo. Su apariencia, con su sombrero de copa en la cabeza, sus anteojos azules sobre la nariz -no olvidéis el paraguas- esla de un escribano, un burgués del tiempo de Luis Felipe.

Si hay un hombre al que importa poco parecer un artista, es ciertamente él. Detesta todas las libreas, aun ésta. Estan bueno como el oro; sin embargo, refinado como es, la gente lo cree áspero.

Un joven crítico, que tiene la manía de emitir juicios, dijo cierta vez, como un augurio pronunciando una sentencia: "Debas es un oso viejo bonachón". ¡Dégas un oso! El, que en la calle se comporta como un embajador en palacio. ¡Bonachón! Eso es una cosa trivial: es algo más que eso.

Dégas tuvo como sirvienta una vieja holandesa, una reliquia de familia que, a pesar de ello, o quizás debido a ello, era insoportable. Servía la mesa y el señor nunca hablaba. Un día, cuando las campanas de Nuestra Señora de Loreto doblaban ensordecedoramente, ella gritó: "¡Nunca doblarán así por ese Gambetta suyo!”.

¡Ah! Sé qué quieren decir con "oso"; Dogas rechaza a los que lo entrevistan. Los pintores buscan su aprobación, piden su opinión y él, el oso, el rudo, a fin de evitar decir lo que piensa, os dice muy amablemente: "Discúlpeme, pero no puedo ver claramente, mis ojos...”.

Por otra parte, no espera a que seáis conocidos. Tiene un poder de adivinación con los jóvenes y él, que todo lo sabe, nunca habla de una falta de conocimiento. Se dice a sí mismo: "Aprenderá más tarde", y a vosotros os dice, como un buen papá, como lo hizo conmigo en mis comienzos: "Tiene usted su pie en el estribo".

Nadie que tenga poder lo molesta.

Recuerdo también a Manet, otro a quien nadie molestaba. Cierta vez, viendo un cuadro mío (al comienzo) me dijo que era muy bueno. Le contesté, por respeto al maestro: "¡Oh, soy sólo un aficionado!" En aquella época me dedicaba a los negocios como corredor de Bolsa, y estudiaba arte sólo de noche y en los días libres.

"Oh, no", dijo Manet, "no son aficionados sino los que hacen cuadros malos". Eso fue dulce para mí.

¿Por qué hoy, cuando miro hacia atrás, en el pasado, hasta este mismo momento, estoy obligado a ver (es bastante obvio) que de todos aquellos a quienes he aconsejado y ayudado, hay escasamente alguno que me conozca todavía?

No quiero comprenderlo.

Sin embargo, no puedo decir, con falsa modestia:

Qu'as ni fait, O toi que voila,
Pleurant sans cesse
Dis, qu'as tu fait, roi que voila
De ta jeunesse? (Verlaine).
 
Pues he trabajado y he pasado bien mi vida, inteligentemente, incluso valientemente, sin llorar, sin destrozar las cosas, y tengo muy buenos dientes.
 
Degas siente desprecio por las teorías de arte, no se interesa por la técnica.
 
En mi última exhibición en lo de Durand-Ruel (Trabajos en Tahití, 1891-92) dos jóvenes bien intencionados no podían entender mi pintura. Como eran amigos respetuosos de Degas, y deseaban ser ilustrados, le pidieron su opinión al respecto.
 
Con esa sonrisa suya, paternal a pesar de ser tan joven, les recitó la fábula del perro y el lobo: " ¿Comprendéis? Gauguin es el lobo".

Eso en cuanto al hombre. ¿Qué es el pintor?

Uno de los primeros cuadros conocidos de Degas representa un depósito de algodón. ¿Para qué describirlo? Sería mejor para vosotros ir a verlo, mirarlo cuidadosamente, y sobre todo no venir a decirnos: "Nadie podría pintar mejor el algodón". Él algodón no es el punto, ni siquiera los hombres que lo están manipulando. Tan bien sabe esto él mismo que pasó... a otros trabajos. Pero ya sus defectos (desde un punto de vista académico) se habían hecho sellar, dejando su marca, y se podía ver que, a pesar de ser joven, era un maestro. ¡Un oso ya! No se ve con facilidad la ternura de los corazones inteligentes.

Educado en un ambiente elegante, se atrevía sin embargo a extasiarse frente a los talleres de las modistas en la Rue de la Paix, los encantadores encajes, esos famosos toques mediante los cuales nuestras mujeres parisienses os inducen a comprar un sombrero extravagante. Y luego verlos de nuevo en el hipódromo, elegantemente encaramados en los moños, y, debajo, o más bien a través de todo ello ¡la punta de la más insolente de las narices!

¡Ir luego, por la noche, como un descanso tras un día de trabajo, a la ópera! Allí, se decía Dégas, todo es falso, la luz, el escenario, las pelucas de las bailarinas, sus corsés, sus sonrisas. Nada es real, salvo los efectos que crean, el esqueleto, la estructura humana, el movimiento; arabescos de todas clases. ¡Qué fuerza, qué flexibilidad y qué gracia! En cierto momento, interviene el varón, con una serie de "entrechats", para sostener a la bailarina que se desvanece. Sí, se desvanece; pero se desvanece sólo en ese momento. Si aspiráis a dormir con una bailarina, no os permitáis esperar, ni por un solo momento, que se desvanezca en vuestros brazos. Eso nunca ocurre; la bailarina sólo se desvanece sobre el escenario.

Las bailarinas de Degas no son mujeres, son máquinas moviéndose en líneas graciosas y con maravilloso equilibrio, adornadas con todos los bellos artificios de la Rue de la Paix. Las gasas sutiles flotan hacia arriba y nunca se os ocurre que estáis viendo el lado inferior de ellas; nada hay que empañe su blancura.

Los brazos son demasiado largos, según el caballero que, con el metro en la mano, es tan sagaz para calcular proporciones. También yo lo sé, en tanto se refiere al natural. Una decoración no es un paisaje; es decoración. De Nittis hizo algo diferente, y mucho mejor.

En las escenas de Degas los caballos de carrera y los jockeys son a menudo lamentables jamelgos cabalgados por monos. No hay modelo en ninguna de estas cosas, sólo la vida de las líneas, líneas, líneas de nuevo. Su estilo es él mismo.

¿Por qué firma sus trabajos? Nadie tiene menos necesidad de hacerlo que él.

En estos últimos días ha hecho una cantidad de desnudos. Los críticos, por regla general, ven a la mujer. Degas veía a la mujer, también... pero no está más interesado en las mujeres de lo que lo estaba en las bailarinas: cuando mucho en ciertas fases de la vida aprendidas mediante indiscreciones.

¿Qué le interesa a él? El dibujo estaba en su punto más bajo; tenía que ser restaurado; y mirando a esos desnudos, exclamó: "¡Está de pie, ahora!”.

Hombre y pintor, él es un ejemplo. Degas es uno de esos raros maestros que teniendo sólo que inclinarse para tomarlos ha desdeñado la fortuna, las palmas, los honores, sin amargura, sin celos. Pasa tan simplemente a través de la multitud. Su vieja sirvienta holandesa ha muerto, de lo contrario diría: "Las campanas nunca doblarán así por usted".

Uno de los muchos pintores que exhiben con los Independientes a fin de ser llamado independiente dijo a Degas: "¿Tendremos algún día el placer de verlo a usted entre nosotros en los Independientes?”.

Degas sonrió con su habitual amabilidad... ¡Y decís que es un oso!

Paul Gauguin, Diário Íntimo

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