Sé de alguno - obviamente, fuera de Francia y ya de cierta edad -que de vez en cuando se pregunta qué fue de Jean Douchet, temiendo incluso que no esté vivo. Ignoro la edad real, siempre indefinible, de este crítico francés, pero hace un par de años gozaba de buena salud y seguía teniendo claras e interesantes las ideas y en pie el entusiasmo, y según mis noticias sigue igual.
Para quien leyera hacia 1967 su Hitchcock, inicialmente editado por Les Cahiers de L'Herne, o tuviera ocasión de seguir Cahiers du Cinéma en los 60 con cierta asiduidad, Douchet es un clásico de la crítica. Como hace ya mucho que ha dejado de practicarla por escrito, optando por el diálogo platónico, las presentaciones y debates de cine-club o de universidad, más algunas apariciones o programas de TV, aparte de realizar un largometraje, fuera de Francia apenas tiene eco su actividad, y las nuevas generaciones de críticos y de lectores de revistas de cine apenas lo conocen; cuando vemos su firma entre los colaboradores de algún estudio monográfico reciente, nos preguntamos si se tratará de un texto nuevo o de la reimpresión de uno de sus viejos - pero casi siempre vigentes - escritos. Y es curioso que su acción didáctica sea, por decisión propia, más bien juvenil - propia de jóvenes y a ellos orientada -, aunque, por desgracia, más peredecedera de lo normal. No hay forma de hacerse con sus conferencias, cursillos o discursos sobre Minnelli, Renoir y Mizoguchi, todavía por los 60 ó 70, ni de los otros muchos temas de los que se ha ocupado sin dejar huella impresa alguna.
Y es una lástima, como ha debido recordar su impresionante estudio y testimonio de la Nouvelle Vague - sin duda, el que quedará de los muchos dedicados a conmemorarla -, porque Douchet, a menudo considerado en sus tiempos de mayor actividad impresa como cerebral, críptico y abstracto, representa hoy un tipo de crítica que se ha desvanecido del mapa, y que tenía la virtud de no perderse en los detalles, ni en la fragmentación de los diversos elementos que entran en juego en una película, e ir directamente a su esencia: a las líneas de fuerza del relato y de la sucesión de imágenes que lo estructuran y constituyen, al estilo y a lo que este, a fin de cuentas, significa, al modificar o cualificar la anécdota aparente que narra, a menudo un pretexto o un trampolín para expresar o revelar, quizá incluso involuntariamente, sentimientos o ideas no del todo conscientes del cineasta.
Naturalmente, el enfoque de Douchet era exactamente el opuesto al que más frecuentemente se practicaba entonces y todavía, si no más, es hoy el mayoritario: el de la crítica que podríamos llamar "de distribuidor/exhibidor", por cuanto lo único que hace es promocionar - hablando de ellas, aunque sea mal - las películas que se estrenan, considerándolas como meros "objetos" y descomponibles en una serie de elementos o aportaciones que se enumeran y valoran - excelente fotografía, interesante historia, guión férreo, música adecuada, impresionante interpretación, buena factura - sin considerar nunca el conjunto, ni el punto de vista de sus creadores, ni lo que supone cada obra en la evolución de su carrera, ni lo que realmente significa, ni el terreno nuevo que pueda explorar o las innovaciones que pueda suponer. Para colmo - en realidad, es un rasgo tan compartido por los críticos que prefiero que pienso que es un requisito fundamental -, escribía bien, con elegancia intelectual y con algo de la puntería expresiva de Cocteau o los grandes poetas frances de este siglo, René Char, Paul Éluard, Blaise Cendrars, André Breton, Louis Aragon.
Douchet, además de uno de los grandes analistas y sintetizadores del cine clásico - Alfred Hitchcock, Fritz Lang, Jean Renoir, Roberto Rossellini, Mizoguchi, Otto Preminger, D.W. Griffith, F.W. Murnau, Raoul Walsh, John Ford, Carl Th. Dreyer, Vincente Minnelli, Howard Hawks, Ernst Lubitsch, Joseph L. Mankiewicz, George Cukor, Cecil B.DeMille, útimamente Naruse -, es, sin embargo, un bastante raro ejemplo de crítico capaz de evolucionar con el cine y para el que la edad ha supuesto una mayor apertura personal, de tal modo que fue pronto y es todavía uno de los que más admiran a Godard y mejor comprenden su importancia decisiva -que va más allá del cine - y, tras una inicial reticencia, ha aprendido a ver y entender la grandeza de Buñuel. Naturalmente, como todo método tiene sus peligros y toda virtud sus inconvenientes, a veces su vértigo interpretativo le ha llevado demasiado lejos, franqueando los límites no ya de lo demostrable - pues es dudoso que algo lo sea cabalmente en el campo del arte - sino de lo empíricamente comprobable: así sucede con algunos de sus infinitos, caleidoscópicos y especulares buceos en el inagotable cine de Hitchcock, que conducen a lecturas simbólicas fascinantes, en las que intuímos que, en efecto, puede haber algo de verdad, pero que permanecen irremediablemente hipotéticas y quizá lleven su visión esotérica hasta un punto tan distante de lo sensible en la pantalla que es difícil que podamos acompañarle los no iniciados, los que no compartamos una visión tan teleológica o no estemos en posesión de ese particular manojo de claves. Queda siempre, en todo caso, junto a la sombra de una duda acerca de cuánto de ello pudo siquiera intuirlo Hitchcock, una aprehensión llena de sugerencias, que abre nuevas vías de intelección, y que invita a una revisión más profunda, lo que no deja de ser una de las principales y más nobles funciones que pueden asignarse a la actividad crítica.
Miguel Marías