sábado, 22 de janeiro de 2011

ACERCA DEL PINTOR PAUL GAUGUIN, DESDE UN PUNTO DE VISTA ESTETICO

No sería apropiado que yo estudiara la pintura de Paul Gauguin en su aspecto técnico. Es cosa de los pintores, sus rivales. Pero aparte del hecho de que un artista es a menudo menos imparcialmente valorado por sus pares que por un intruso, me parece que hay un cierto interés en que los trabajadores de las artes vecinas lleguen a un entendimiento sobre las líneas principales de la estética general. No es, pues, por ningún espíritu de diletantismo que exaltaré en esta simple charla, sobre fundamentos de fantasía, por supuesto, esta visión de color y dibujo que ha surgido tan idealmente, pero también con tantos signos significativos, de un método que es de interés para todos nosotros, soñadores y artistas por igual. Hoy en día ya no hay duda de que artes diferentes (pintura, poesía, música), luego de haber seguido separadamente sus largos y gloriosos caminos, han sido presas de un repentino malestar que les ha hecho quebrantar sus monótonas tradiciones de antigua reputación, demasiado estrechas en la actualidad, y se están extendiendo como para confundir sus ondas en una sola gran corriente e inundar los territorios adyacentes.

Sobre las ruinas de edificios venerables y de sus síntesis, se está levantando un mundo enteramente estético, un mundo extraño, paradojal, sin reglas definidas, sin clasificaciones, con límites fluctuantes c inexactos, pero más rico, intenso y poderoso debido a que es ilimitado y capaz de conmover a los seres humanos hasta en las más íntimas y secretas fibras de su espíritu.

Los estrictos guardianes del templo están muy afligidos, abrumados por este cataclismo e impotentes para hacer uso de los pequeños rótulos que gustaban pegar detrás de cada manifestación intelectual; ¿pero qué se puede hacer? ¿Mide uno la ola y delimita la tempestad? Hay quienes, revelando escasa aptitud para la espiritualidad, creen que pueden contenerla haciendo oír sus pobres e infantiles tonaditas, ¡como si lo ridículo ocupara algún lugar en el arte! Otros, tristemente, invocan al Espíritu Galo, a la Raza Latina, a la Educación Griega, etc., lo que no viene al caso, e imaginan que tienen demostrado por A mas B que esta evolución es ilegítima y que terminará en un aborto. Sin embargo, les han llegado desaires irrefutables de todos lados: del lirismo musical de Wágner y su escuela, de las composiciones poéticas de las escritores simbolistas, de las telas cubiertas de maravillas por pintores recientes.

Entre estos últimos deje darse un lugar alto y único a Paul Gauguin, no sólo por su prioridad, sino también por la novedad de su arte. En ocasión de la reciente exhibición a que nos imitó, caminamos a través de los encantos de un país de hadas de luz, una luz tan deslumbradoramente intensa que parecía imposible, cuando salimos, considerar de otra manera que como efectos de crepúsculo, en contraste, las telas de nuestros ordinarios hacedores de imágenes. Gauguin es el pintor de naturalezas primitivas; las ama y posee su simplicidad y sugestión de lo hierático, su ingenuidad algo desmañada y angular. Sus personajes comparten la espontaneidad no estudiada de la flora virgen. Era lógico, por lo tanto, que haya exaltado - para nuestra delicia visuallas riquezas de su vegetación tropical, donde una vida libre de Edén crece lozanamente bajo las estrellas felices. Son expresadas aquí con una encantadora magia de color, sin adornos inútiles, ni redundancia, ni italianismo.

Es sobrio, grandioso, imponente. i Y cómo abruma la vanidad de nuestras insípidas elegancias y de nuestras infantiles agitaciones la serenidad de estos nativos! Todo el misterio del infinito se mueve detrás de la ingenua perversidad de estos ojos suyos, abiertas a la frescura de las cosas. Me es igual si estos cuadros son o no reproducciones exactas de la realidad exótica. Gauguin hace uso de este ambiente extraordinario a fin de dar a su sueño una morada local. ¡Y qué escenario más favorable que éste podía ser, impoluto como todavía está por las mentiras de nuestra civilización!

De estas figuras humanas, de esta flora en llamas, lo fantástico y lo maravilloso surge tan bien o mejor de lo que lo hacen de las quimeras y de los mitológicos atributos de otros. Estaba de moda, justamente entonces, romper a reír en presencia del escándalo de esos cuerpos realmente demasiado simiescos y poco animados, y de esos paisajes verticales que carecen de la espaciosidad de una perspectiva suficiente. ¿Es posible deformar de esa manera la naturaleza? Y la gente invocaba arbitrariamente la euritmia de la escultura griega y de la pintura italiana. Pero aparte del hecho de que sería fácil recordar el arte egipcio, japonés y gótico, que poco toman en cuenta las llamadas leyes irrevocables, la escuela holandesa, en la época en que el clasicismo estaba en pleno florecimiento, demostraba ciertamente que lo feo puede ser también lo estético. De manera que será bueno ignorar los prejuicios de nuestras academias, con sus líneas correctas, sus ambientes estereotipadas, su retórica del torso, si se desea tener una justa apreciación de este arte extraño.

Aunque el arte plástico, concordando en esto con el arte literario y con la metafísica, se adhirió alguna vez al estricto dominio de definición formal y objetiva: la conmemoración de las características del héroe o del burgués, la ilustración de cierto paisaje, el transformar en perceptibles y distintas las fuerzas naturales, esto ocurría, y no podía haber sido de otra manera, a través de un conjunto de líneas preconcebidas que expresaban esta categoría del ideal. Así, teníamos al Discóbolo, a la Venus Genitrix, a los Apolos con sus armoniosos gestos, a las Madonnas de Rafael, etc., que pueblan nuestros museos y avergüenzan las incoherentes disertaciones de los profesores de estética. Pero hoy en día, en que una vida de pensamiento más sutil ha penetrado las diferentes manifestaciones del espíritu creativo, el punto de vista anecdótico y especial cede lugar a lo significativo y general. Un torso gracioso, un rostro puro, un paisaje pintoresco nos parecen florecimientos magníficos y multiformes de una simple fuerza, desconocida e indefinible en sí misma, pero cuyo sentimiento se afirma irresistible en nuestra conciencia. El artista nos interesará menas, por lo tanto, por una visión tiránicamente impuesta y circunscripta, por armoniosa que sea, que por una fuerza de sugestión que es capaz de ayudar el vuelo de la imaginación o de servir como decoración a nuestros propios sueños, abriendo una nueva puerta sobre el infinito y el misterio de las cosas.

Hasta ahora, Gauguin mejor que nadie nos parece haber comprendido este papel de decoración sugestiva. Su método se caracteriza principalmente por un cercenamiento de características particulares, por la síntesis de impresiones. Cada uno de sus cuadros es una idea general, aunque no hay en ellos suficiente observación de la realidad formal como para que la verosimilitud nos cause impresión. En ninguna obra de arte se encuentra una mejor exteriorización de la constante concordancia entre el estado de ánimo y el paisaje, tan luminosamente formulada por Baudelaire. Si él nos representa los celos es mediante una llamarada de colores de rosa y violado en que toda la naturaleza parece participar como consciente y tácitamente. Si de labios sedientos por lo desconocido fluyen aguas misteriosas, será en una liza de extraños colores, en las ondas, sobre algún brebaje diabólico y divino, no se sabe cuál. Aquí un huerto fantástico ofrece sus insidiosos capullos a los deseos de Eva, cuyos brazos se extienden tímidamente para arrancar la flor del mal, mientras las trémulas alas rojas de la quimera revolotean alrededor de su frente. Está aquí el30 exuberante bosque de la vida y de la primavera; aparecen figuras errantes, lejos, en una calma afortunada que no sabe de preocupaciones; pavas reales fabulosos despliegan sus relucientes alas de zafiro y esmeralda; pero aparece el hacha fatal del leñador, golpeando las ramas, y detrás de él se eleva un débil filamento de humo, una advertencia del destino transitorio de esta fiesta. Nuevamente aquí, en un paisaje legendario, se levanta el (dolo formidable, hierático, y el tributo de hojas se derrama en olas de color sobre su frente; niños idílicos cantan con sus flautas pastoriles la infinita felicidad del Edén, mientras a sus pies, tranquilos, encantados, como genios del mal que vigilan, yacen los heráldicas perros rojos. Más lejos, una ventana de vidrios de colores, llena de flores abigarradas, fiares humanas y flores de plantas; con su divino niño en hombros, la aureolada aparición de una mujer ante quien otras dos estrechan sus manos en medio de los capullos, con los gestos de un serafín, exhalando místicas palabras surgidas como un cáliz milagroso. Vegetación sobrenatural que reza, carne que florece sobre el umbral indeterminado de b consciente y de lo inconsciente. Todas estas telas, y aun otras que ofrecen sugestiones similares, muestran suficientemente la íntima correlación de tema y de forma en Gauguin. Pero en citas la armonización magistral de colores es especialmente significativa, y pleta el símbolo. Los tonos contrastan o se confunden uno con otro en gradaciones que cantan una como sinfonía, en múltiples y variados coros, y desempeñan un papel que es realmente de orquesta.

Considerado de esta manera, el color, que al igual que la música es vibración, alcanza a lo que es más general y por lo tanto más vago en su naturaleza: su fuerza íntima. Era completamente lógico, por k) tanto, que en el actual estado de los sentimientos estéticos tomara poco a poco el lugar del dibujo, que, en su valor sugestivo, pasa a segundo lugar. Aparece aquí definitivamente la meta hacia la cual están tendiendo las diferentes artes, el lugar en que quizás se encontrarán: la ciudad futura de la vida espiritual, a ser edificada por ellas, de las cuales la poesía, como estado del alma, sería el gesto de mando, la música la atmósfera y la pintura la decoración maravillosa. En efecto, los experimentos dispersos que se han intentado hasta ahora no tienen significado sino como los primeros bocetos, como si fuera la adivinación de esta era de construcción ideal.

La humanidad siente más o menos obscuramente que su estado actual de indigente realidad cotidiana es sólo transitoria; y la quiebra total de las viejas formas sociales es el indicio significativo de esta impaciencia por establecer, finalmente, luego de asegurar los instintos de la nutrición, el juego desinteresado de una vida cerebralmente sensitiva. En su niñez, maravillándose del nuevo espejismo de las cosas, colocaba los encantados palacios donde habitan las hadas entre las intrincadas enredaderas de este mundo exterior. Luego vino el período de abstracción, en el que se formularon los métodos científicos, ricos en clasificaciones, divisiones y categorías de toda clase. Cada objeto fue desarmado, estudiado, pesado, analizado, definido. Orgulloso de su dialéctica, el espíritu humano llegó a considerarla sofisticadamente por sí misma y a creerla, como lo hizo Kant, la única realidad. Pero la ilusión duró poco. Eminentes pensadores arrojaron lejos de sí este vano instrumento, cuya esterilidad es comparable a la de una máquina que funciona, a pesar de estar vacía. Los místicos, por su parte, al no encontrar satisfacción de sentimiento en estos secos silogismos, se hablan retirado en el éxtasis como el camino más seguro y directo hacia la comprensión. Pero fuera de que ese estado
es difícilmente accesible al común de las gentes, y es una intoxicación algo peligrosa, la pasividad contemplativa deja sin un objetivo a toda la parte activa de nuestras naturalezas. El arte que cuenta hoy en día, el arte órfico, parece pues a punto de ocupar el lugar de las modalidades discursivas del pensamiento desacreditado y conducirnos a la hermosa conquista, arte que amansa las bestias salvajes y mueve en cadencia armoniosa las criaturas informes del mar. I?I arte, en efecto, simboliza desde su creación a la naturaleza, y esta creación es equivalente a una idea, ya que crear es comprender. Incluye pues en sí el eslabón de conexión entre lo consciente y lo inconsciente. Nos está permitido así esperar que por un proceso análogo al de la intuición de Schelling, que era un resplandor fugaz de la verdad, se formulará una especie de agnosticismo estético, ampliando el supremo Olimpo de nuestros sueños, Dioses o Héroes.

La pintura es el arte que, entre todas, preparará el camino, resolviendo la antinomia entre los mundos sensible y intelectual. Y en presencia de un trabajo tal como el de Gauguin, se comienza a concebir a aquellos verdaderamente iluminados, no a los idiotas maniáticos que conocemos hoy en día, los coleccionistas de chucherías tontas, proveedores de histeria y de fuegos artificiales, sino a los espíritus bellamente intelectuales que, con una fantasía libre, tejerán el tapiz de sus sueños. Allí los luminosos frescos de un Gauguin representarán el paisaje mural, en el cual las sinfonías de un Beethoven o de un Schumann cantarán sus misterios, mientras las sagradas palabras de los poetas cantarán solemnemente la leyenda espiritual de la Odisea humana.

A. DELAROCHE.

Arquivo do blog

Seguidores